En(poder)amiento.


Desde la calle, ya sabía lo que había venido a hacer. 
Desde fuera, mis ojos ya habían buscado lo que querían. Y lo encontraron. 
Encontraron a una bella mujer, pura, fuerte, humana. La encontraron en una esquina. Siempre relegada, dejada atrás, por su amor al hombre. 

Siempre cubierta, detrás de un entresijado velo.
Siempre oculta, como si las sombras fueran su ecosistema natural. 
Como todas las mentiras, la de que la mujer era débil y pequeña también es como una tela de arañas. 


Incluso Venus, la diosa del amor, de la femineidad, de la sensualidad, 
protege su cuerpo de miradas indiscretas. 
No parece que le pertenezca. 
No parece que sea suyo. 
No parece Venus, fuerte, poderosa, una diosa.
Parece una niña pequeña que trata de cubrir su cuerpo con vergüenza. 

Desde el inicio de los tiempos, la mujer ha querido volar. 
Pero algo no la dejaba alzar el vuelo. 
Ese algo es una piedra. 
Esa piedra, es la absurda creencia de los hombres en que la mujer, por ser mujer, es menos. 
Esa piedra, esa absurda creencia, se ve apoyada por mujeres ciegas. 
Esa es la piedra más pesada, la que nos ancla al suelo, y nos deja mirando al cielo. 
Así que, en vez de volar, nuestros pies decidieron anclarse a la tierra. 
Crecimos, y nos pusimos de pie. 
Nos hicimos fuertes, nos unimos. 
Fuimos echando raíces. 

Y, por fin, en el momento menos inesperado, llegó. 
¿Veis a esa mujer en la esquina?
Parece medio apartada, medio oculta en las sombras. 
Pero tiene dentro una luz. 
Y no va a dejar que se apague. 

Tiene dentro una luz. 
Un corazón. 
Una lucha que no deja de latir. 


Y, oídme bien. 
Esta guerra, no la vamos a perder. 



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